Era tarde cuando Seo-young despertó de su sueño profundo. Había dormido casi doce horas. Y era comprensible. Desde que entró en esa casa, sentía que lo único que había hecho era tener sexo una y otra vez. ¿Acaso había perdido la cabeza por el cansancio? Su noción del tiempo se estaba desvaneciendo.
Pensándolo bien, el funeral fue hace solo dos días, y aun así no había tenido tiempo de llorar la muerte de su padre. Aunque se había estado preparando para la despedida durante mucho tiempo, necesitaba más días para aceptar su fallecimiento… pero la conmoción causada por Yoon-woo fue tan grande que el funeral le pareció que había ocurrido hacía muchísimo tiempo.
Parece que sería una hija desagradecida hasta el final.
—Hoy es domingo. ¿Por qué tendría que ir?
En ese preciso instante, se oyó la voz de Yoon-woo al otro lado de la puerta entreabierta. Seo-young volvió instintivamente a la realidad. No podía distinguir con quién hablaba, pero, a juzgar por el hecho de que no podía oír la voz de la otra persona, lo más probable era que se tratara de una llamada telefónica.
—Deja de molestar. ¿Qué importa? Estoy vivo y bien.
Yoon-woo habló con irritación. Un brillo apareció en los ojos de Seo-young. Era la primera vez que lo oía enfadarse. Seo Yoon-woo siempre había sido un hombre educado y cariñoso, incluso por teléfono. Al fin y al cabo, nunca se enfadaba, ni siquiera cuando discutían.
—No te preocupes por mí, ocúpate de tus propios asuntos, director general Seo.
Yoon-woo esbozó una mueca de desdén. Al otro lado de la línea estaba su hermano mayor. Era una llamada de él, preocupado porque su hermano menor había desaparecido el jueves, el viernes había pedido vacaciones repentinas y se había esfumado sin dejar rastro hasta el domingo. Claro que, para Yoon-woo, no era más que una llamada molesta.
Eso no era todo. Su hermano le estaba regañando, preguntándole si había olvidado que había una reunión familiar planeada para el domingo por la noche. Yoon-woo frunció el ceño. Podría haber faltado a la reunión, pero su hermano estaba armando un escándalo inusual. Tragándose una maldición, finalmente cedió.
—…Está bien. Colgaré.
Después de colgar, guardó el teléfono en el bolsillo y abrió la puerta. Tras levantarse tarde, pasó todo el día preparando la comida para Seo-young. Como no podía tomarse el lunes libre, tuvo que preparar lo necesario con antelación. Al fin y al cabo, tenía que ir a trabajar para presentar su dimisión.
—¿Te despertaste?
Yoon-woo sonrió radiante al encontrarse con la mirada de Seo-young, que ya estaba despierta. Había estado dormida todo el día, tanto que en algún momento él incluso se preguntó si podría estar muerta. Por suerte, estaba muy viva.
—¿Qué es esto?
En cuanto lo notó, ella tiró con fuerza de la cinta que llevaba en el cuello. Era una horrible cinta roja. Él se acercó, le agarró la mano con la que forcejeaba para quitarse la cinta y se la bajó.
—La cinta roja te sienta muy bien.
—Dijiste que lo ibas a quitar.
—Te queda tan bien que no ya no quiero quitártelo. Pero al menos ya no tienes la cadena, así que intenta no odiarlo demasiado.
Seo-young miró a su alrededor. Tal como él había dicho, ya no estaba la cadena similar a la de un perro. La cinta le hacía cosquillas, casi rozándole el pecho. Reprimió un largo suspiro y lo llamó.
—Yoon-woo.
Estaba a punto de pedirle una vez más que se detuviera.
—Tengo que ir a Seúl ahora mismo.
—¿Qué?
Ante sus palabras, ella olvidó lo que iba a decir. Él le acarició la mejilla con expresión de pesar.
—Estaba esperando a ver cuándo te despertabas. Qué lástima.
Paralizada, miró a Yoon-woo con desesperación. Parecía que realmente tenía la intención de irse de la casa. Entonces, ¿qué pasaría con ella?
—Volveré mañana.
—¡Y-Yoon-woo! ¿E-entonces qué pasa conmigo? ¿Me quedaré sola?
Seo-young se aferró a su brazo. No podía quedarse sola en un lugar desconocido. Si se marchaba así, ¿qué podría hacer ella allí, sin ropa y sin forma de comunicarse con el exterior? Se aferró a su brazo con fuerza, como si fuera su salvavidas.
Quería salir de la casa.
—¡No! Llévame contigo, ¿sí?
—Ojalá hubieras sido así de adorable antes.
Sonriendo ante su mirada desesperada, él desabrochó las esposas de su tobillo. Ella miró fijamente las marcas rojizas. Yoon-woo las acarició con el pulgar y la besó suavemente.
—No te estoy liberando para que escapes. Lo sabes, ¿verdad?
En realidad, no podía hacerlo. Seo Yoon-woo había botado su ropa y celular, y ella ni siquiera sabía dónde estaba ubicada la casa. Era un lugar adecuado para descansar porque era tranquilo, con una montaña detrás y sin nadie alrededor, pero, en otras palabras, eso también significaba que si quedaba atrapada allí, no podría pedir ayuda a nadie.
Si lo dejaba ir, sería su fin.
Sosteniendo su brazo, habló con labios temblorosos.
—T-tengo que ir a trabajar el lunes.
—No hace falta. Quédate aquí sin preocupaciones
—Yoon-woo…
Seo-young estaba desesperada. Él seguía sin escucharla. Acariciándole la cabeza con suavidad, le habló con voz amable
—Puedes dormir solo, ¿verdad? Si tienes miedo, deja la luz encendida. Hay comida en el refrigerador, así que asegúrate de comer bien.
—Yoon-woo.
—Me gusta que sigas diciendo mi nombre.
Se sintió genial cuando ella se aferró a él como si fuera lo único en su mundo. Le dio un beso sonoro en los labios.
—Si te aburres por la noche, mastúrbate pensando en mí.
Susurró con crueldad mientras le apartaba la mano.
—Mi semen aún está dentro de ti; seguro que no estás pensando en otra persona mientras te tocas, ¿verdad?
Con el vello de su cuerpo erizado, no pudo responder. Él rió entre dientes, la recostó en la cama y salió de la habitación. En un instante, el ambiente quedó en silencio.
Seo-young entró al baño por las últimas palabras de Yoon-woo. Quería borrar todo rastro de su cuerpo. Tenía la absurda ilusión de que, si lo hacía, podría volver a ser como antes.
Llenó la bañera de ciprés con agua. El agua tibia alivió sus músculos doloridos por un momento, pero se sobresaltó al ver la cinta roja flotando en el agua.
¿Iba a quedarse allí desperdiciando el tiempo? ¿Esperando a que Yoon-woo regrese? Entonces, en algún momento, empezó a temer que Seo Yoon-woo fuera el único que quedara en su mundo. Igual que aquel gato blanco que nunca había podido salir de casa en toda su vida.
***
Seo-young registró la casa minuciosamente durante todo el día. Buscaba su ropa y su celular. Incluso abrió la puerta bloqueada del segundo piso y subió las polvorientas escaleras, pero, como era de esperar, ni su ropa ni su teléfono estaban por ningún lado.
Apenas había señales de presencia humana en la casa recién construida. Aparte del dormitorio donde se había acostado por primera vez, la cocina y la habitación de invitados donde la habían atado como a un animal, la villa estaba completamente vacía. La había revisado una vez antes, pero la habitación seguía igual que siempre. Fingiendo no ver la habitación desolada y vacía, cerró la puerta.
Pensar que la había dejado sola.
Ojalá al menos él estuviera allí. La sensación de estar aislada del mundo era más aterradora de lo que había imaginado. Se sentó en el sofá, se abrochó la bata de ducha y se acurrucó. El silencio en la habitación era sobrecogedor. Deseaba que alguien estuviera a su lado, pero era imposible que alguien viniera.
Si era parte del adiestramiento de Yoon-woo, entonces su plan había sido un éxito. Después de todo, lo único tenía en mente era la existencia de aquel hombre.
Extenuada por el cansancio y la conmoción, Seo-young finalmente se quedó dormida en el sofá al amanecer. El frío la despertaba de vez en cuando, haciéndola temblar, pero volvía a cerrar los ojos porque quería olvidar la realidad. Solo esperaba que Yoon-woo regresara.
¿Cuánto tiempo había pasado? Se oyó el motor de un coche. Seo-young, abriendo los ojos con somnolencia, se incorporó de un salto. No sabía si era de día o de tarde, pero el sol ya había salido. Se sentía mareada porque no había comido nada el día anterior, en contra de las instrucciones de Yoon-woo, pero el sonido del motor le resultaba más reconfortante que cualquier otra cosa.
Yoon-woo, Yoon-woo, Yoon-woo…
¿Era Yoon-woo?
Seo-young salió corriendo hacia la puerta principal como un perro esperando a su dueño, pero se detuvo antes de abrirla. Había un candado en la parte exterior de la puerta interior. Al ver el candado a través del cristal, se le heló la sangre. La cruda realidad de estar atrapada la golpeó con fuerza.
Justo en ese momento alguien llamó con fuerza la puerta. Comprendiendo que Yoon-woo nunca tocaría así, sus hombros se tensaron.
—¿Señorita Jeong Seo-young? ¿Señorita Jeong Seo-young, está aquí?
Seo-young jadeó involuntariamente al oír una voz que la llamaba. Era la voz de una desconocida. Detuvo sus pasos y retrocedió de la puerta central.
¿Quién era?
Aunque tenía miedo, no podía perder la oportunidad de salir de esa casa, así que abrió la puerta de la terraza en silencio. La terraza daba al jardín. ¿Acaso Yoon-woo pensaba que bastaría con asegurar solo la puerta interior? Después de todo, era un lugar sin teléfono y sin nadie que entrara o saliera cerca. Estrictamente hablando, ni siquiera hacía falta ponerle un candado a la puerta interior.
Debió haberlo dejado deliberadamente. Para hacerle saber que estaba atrapada.
Cuando había mirado el paisaje desde el segundo piso el día anterior, se había desesperado. No había ni una sola casa en los alrededores. La zona estaba cubierta de vegetación espesa, como un santuario inaccesible, así que, aunque saliera, no tendría a dónde ir. Por eso Yoon-woo debió de haber salido de la casa con la mente tranquila.
Seo-young pudo salir fácilmente por la terraza. Saltó la valla de madera y pisó el césped, doblando la esquina de puntillas.
El hombre que estaba en la puerta principal vestía un traje impecable. Era un desconocido, al igual que su voz. Llamó de nuevo a la puerta y, al no oír nada desde dentro, frunció el ceño y giró la cabeza. Seo-young, que se escondía en la sombra del edificio, se encontró con la mirada del hombre.
—¿…Señorita Jeong Seo-young?
—S-sí…
El hombre dejó escapar un suspiro de alivio tras confirmar su identidad. Apoyado contra la puerta principal con el rostro pálido, preguntándose qué demonios había imaginado, murmuró.
—Me alegra muchísimo que esté viva, de verdad…
Sobresaltada, dio un paso atrás, pero el hombre se le acercó y le entregó una tarjeta de presentación. Ella la aceptó sin bajar la guardia. Seo Yoon-seong. El nombre del hombre se diferenciaba del de Yoon-woo en una sola palabra.
—Soy el hermano mayor de Yoon-woo. La llevaré a casa.
—¿Cómo llegó hasta aquí…?
Sin embargo, Seo-young no bajó la guardia fácilmente. El hombre se parecía claramente a Yoon-woo. Aunque parecía más frío y distante que el cálido y alegre Yoon-woo, podía aceptar que fuera su hermano. Aun así, no podía seguir ciegamente a un desconocido. Había seguido a Yoon-woo, a quien conocía desde hacía mucho tiempo, solo para quedar atrapada en esa casa; ¿cómo iba a confiar en otro hombre?
—Yoon-woo no ha vuelto a casa desde el jueves… así que decidimos seguirle el rastro a usted.
—¿Eh? ¿Por qué a mí…?
Ella no entendió lo que quería decir. Explicar la locura de su hermano sería complicado, así que Yoon-seong habló rápido.
—Tenemos que irnos ya. Apenas logramos retener a Yoon-woo en la empresa.
Justo cuando empezaba a ponerse ansioso, alguien abrió la puerta y entró. Seo-young, sobresaltada al pensar que podría ser Yoon-woo, volvió en sí en cuanto vio a la persona que entraba al jardín. Era la madre de Yoon-woo, que se acercaba con una expresión de angustia, como si el mundo se le hubiera venido encima.
¿Qué debía hacer? Qué debía hacer…
Seo-young apretó con fuerza su albornoz. ¿Y si malinterpretaba que seguía viendo a su preciado hijo pequeño a pesar de haber aceptado dinero? Quedarse allí no había sido decisión suya. Tenía que explicarlo.
—Y-yo…
Seo-young estaba a punto de entreabrir los labios para disculparse. Al ver la cinta roja alrededor del cuello ajeno, la distinguida señora se disculpó con voz desesperada.
—Lo siento. Lo siento mucho, señorita Seo-young.
Inesperadamente, la señora fue la primera en disculparse. La mujer que se acercó a Seo-young era completamente distinta a la primera vez que se habían visto. Tenía un aspecto demacrado, juntando las manos y suplicando mientras sollozaba.
—Se lo ruego con toda mi alma. Por favor, perdona a mi Yoon-woo solo por esta vez. Me aseguraré de que nunca vuelva a hacerlo. Me aseguraré de que no se le pueda acercar, aunque tenga que internarlo en un hospital psiquiátrico. Le daré lo que quiera. ¿De acuerdo?
—¿Un… hospital psiquiátrico?
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