
Por suerte, en la cama, Yoon-woo ya no pronunció las mismas palabras vulgares que la noche anterior. Sin embargo, la vergüenza seguía presente. Seo-young permanecía inmovilizada, sin poder levantarse.
Él se acercó con calma y rozó suavemente sus hombros, recorriendo su brazo con delicadeza. Pero ella reaccionó de inmediato, apartándolo.
—Desátame.
Levantó ligeramente la barbilla, dejando ver el collar que la mantenía sujeta. Quería creer que todo aquello no era más que una broma cruel, que no hablaba en serio.
—Dije que me liberes.
—Seo-young…
Su voz era suave, casi reconfortante, lo que la confundía aún más. Esa mezcla de dulzura en medio de la situación la hizo sentir vulnerable.
—…Por favor, no hagas esto.
Pero él no respondió como esperaba. En lugar de eso, sostuvo su mano con cuidado.
—¿Sabes cuánto te amo?
—Si me amas, déjame ir.
—No puedo hacer eso.
La respuesta fue firme, aunque su tono seguía siendo tranquilo. Seo-young sintió cómo la ansiedad comenzaba a crecer en su pecho.
—¿Cuándo me vas a dejar ir?
—Cuando pueda confiar en ti.
Esa respuesta ambigua la dejó aún más inquieta. Ella apretó los labios, tratando de mantener la calma.
Yoon-woo la observaba con una sonrisa leve, como si todo aquello fuera natural. Para él, ella era alguien a quien debía cuidar… o quizá, alguien a quien no podía dejar ir.
Seo-young, en cambio, se sentía atrapada. Entre el miedo, la confusión y los recuerdos de lo que alguna vez fue su relación, su mente no encontraba salida.
—Entonces al menos quítame esto… —dijo con voz temblorosa—. ¿Cómo puedes decir que me amas y tratarme así?
Las lágrimas comenzaron a caer sin que pudiera detenerlas.
Él las limpió con suavidad, inclinándose cerca de su oído.
—Eres… más delicada de lo que crees.
Sus palabras, aunque suaves, no traían consuelo.
Seo-young lo miró, frustrada. Ya no podía entenderlo. La persona frente a ella era alguien completamente distinto a quien había conocido.
Más tarde, cuando recuperó la conciencia tras el agotamiento, la habitación estaba en silencio. Su cuerpo se sentía pesado, como si apenas pudiera moverse.
Poco a poco abrió los ojos.
La oscuridad la rodeaba, pero una figura se distinguía cerca.
—¿Estás despierta?
Era él.
Su voz seguía siendo la misma… pero todo lo demás había cambiado.
Seo-young lo miró con desconcierto, sintiendo cómo su corazón latía con fuerza.
Ya no sabía si debía confiar… o temer.

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