Tras cruzar dos montañas y un río, se casó con un hombre al que ni siquiera conocía, ni su rostro ni su nombre, como si todo fuera un simple trámite del destino.
—¿Qué clase de persona tomaría por esposa a una huérfana caída del cielo? ¿Estará enfermo? ¿O será alguien de carácter terrible? Dicen que es cruel… ¿será cierto?
Fue un matrimonio en una aldea rural, sin grandes ceremonias ni rituales tradicionales.
Eul-young, con apenas veinte años, solo tenía dos deseos respecto a su futuro esposo:
—Por favor, que no sea alguien despiadado… y que al menos tenga un rostro completo y sereno.
Cuando el sonido del tambor anunció su llegada, el hombre que apareció ante ella no era lo que había imaginado.
—¿Tiene ojos, nariz y boca intactos…?
No… no era tan terrible.
Quiso mirarlo una vez más. Levantó la cabeza con cautela, preguntándose si aquello era un sueño o una pesadilla. Sus ojos se encontraron con los de él: oscuros, intensos, imposibles de descifrar.
“Dios mío…”
El corazón le latía con fuerza, y un escalofrío recorrió su espalda.
En su primera noche como marido y mujer, él se acercó con firmeza, sin permitirle escapar de la realidad que la aguardaba.
—Entonces, ¿aceptas ser mi esposa? Dímelo claramente.
Ella contuvo el aliento, abrumada por la intensidad del momento. Las lágrimas se acumularon en sus ojos, no por dolor, sino por el miedo y la incertidumbre de lo desconocido.
De pronto, comprendió que su vida había cambiado para siempre.
Que aquello no era un cuento ni una historia distante.
Que el destino que le esperaba ya no podía evitarse.
Y entendió, con una claridad repentina, que el vínculo entre un hombre y una mujer era algo más complejo y abrumador de lo que jamás había imaginado.
No hay comentarios aún. ¡Sé el primero en comentar!