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El Señor de los Misterios 2: El Círculo de la Inevitabilidad - Capítulo 68

Capítulo 68 — Purificación

Al ver que Ryan bloqueaba la entrada de la torre con la Espada del Alba, la mujer del vestido grisáceo sintió un vago presentimiento.

Volteó con rapidez las tijeras enormes, se las sujetó al cuello y tiró con suavidad.

De inmediato brotó un hilo de sangre rojo vivo, acompañado por su grito agudo. La sangre fluyó en todas direcciones como si tuviera vida propia, envolviendo por completo su cuerpo.

Parecía que la mujer se hubiese revestido con una armadura integral del color de la sangre.

Mientras tanto, Ryan tomó la Espada del Alba con ambas manos en posición invertida y se arrodilló.

Con un sonido sordo, clavó en el suelo de piedra frente a él la espada ancha de dos manos que se había condensado de luz.

La espada se desintegró, transformándose en partículas luminosas que recordaban al sol matutino.

Eran densas e innumerables, y formaron un huracán parpadeante y violento que avanzó arrollándolo todo.

Por donde pasaba el Huracán de Luz, el suelo de piedra se afeitaba y reducía. Algunos escalones quedaron allanados y aparecieron grietas exageradas. La mujer quedó completamente engullida antes de poder esquivar.

La armadura color sangre sobre su cuerpo duró un segundo antes de hacerse añicos y fundirse en la luz.

Esta vez, ella había abandonado el entorno especial del tercer piso y estaba en un lugar colmado de fuerza vital. Ya no podía usar los rostros pálidos y transparentes para teletransportarse. Solo pudo observar cómo minúsculas grietas color sangre aparecían en su cuerpo.

Las grietas se expandieron con rapidez y al instante se convirtieron en una herida horrenda que partió a la mujer en dos.

Mientras sus alaridos reverberaban, su cuerpo se desmoronó en pedazos de carne. Los fragmentos y su espíritu siguieron siendo arrasados por la tormenta de luz hasta que el huracán amainó. La carne fue pulverizada y el espíritu, dispersado.

Aunque Ryan hizo lo posible por evitar que el Huracán de Luz afectara a los demás, aún era demasiado débil para controlarlo por completo. Destruyó una gran porción de las paredes laterales y de la escalera tras él. Si Lumian, Leah y Valentine no se hubieran cubierto con anticipación, habrían resultado heridos en mayor o menor medida.

—¡Uaaa! ¡Uaaa! ¡Uaaa!

Los niños con garras de ave que trepaban por la pared se asustaron y rompieron a llorar.

Los oídos de Lumian y los demás zumbaron como si hubieran sufrido un ataque sónico.

—¡Vámonos! —gritó Ryan al volverse y embistiendo contra la pared más dañada de los alrededores.

¡Crash! La pared se hizo añicos y una gran cantidad de rocas cayeron.

Quedó abierto un agujero enorme por el que un humano podría gatear.

Cuando Valentine y Lumian corrieron hacia él, Ryan los agarró a cada uno con una mano y saltó desde una altura de más de diez metros hasta un árbol fuera del castillo.

¡Bam! En pleno aire, dio una patada contra el árbol y se lanzó en diagonal, alejándose de la fortaleza.

Leah descendió por su cuenta, usando los salientes de los muros exteriores del castillo para bajar con rapidez, aterrizando en el suelo en un par de respiraciones.

Ryan, Lumian y Valentine esperaron a Leah unos segundos mientras los árboles se sacudían con violencia. Tras reunirse con ella, corrieron hacia la parte trasera de la colina y se marcharon antes de que los demás sirvientes pudieran alcanzarlos.

En menos de un minuto, Madame Pualis, con expresión inescrutable y vistiendo un vestido mullido gris azulado, se plantó junto al agujero reventado a la entrada de la torre.

Los niños que gateaban por los muros se apresuraron a acusar a los forasteros de bárbaros y crueles, clamando por su madre.

Madame Pualis, con el rostro ceniciento, permaneció en silencio.

En el bosque junto al pueblo de Cordu.

Lumian y sus compañeros se detuvieron y miraron hacia el castillo a sus espaldas.

Leah estaba a punto de hablar cuando frunció el ceño y dijo:

—Oigo llorar a un bebé, está muy cerca —se volvió hacia Ryan y los demás y preguntó—: ¿Ustedes lo oyen?

Lumian se sobresaltó y escuchó con atención, percibiendo vagamente el sonido de un llanto infantil, pero no tan cercano como Leah describía; de hecho, le sonaba distante.

—Lo oigo un poco —respondió Ryan con franqueza.

La expresión de Valentine cambió, como si hubiera pensado en algo.

Al mismo tiempo, el rostro de Leah se crispó de dolor e instintivamente presionó una mano contra su abdomen, donde había una hinchazón y un movimiento distintivos.

Valentine se acercó con rapidez a Leah, colocó su mano sobre su cabeza y pronunció una palabra en el antiguo hermes que Lumian acababa de aprender:

—¡Sol!

Gotas doradas y traslúcidas se condensaron en el aire y se esparcieron sobre el cuerpo de Leah.

Inmediatamente, de su cuerpo se alzó un humo negro ilusorio y su expresión alternó entre la distorsión y la normalidad.

Por fin, su abdomen volvió a su estado original y dejó de agitarse.

—Uf… —Leah exhaló aliviada—. Por poco me convierto en la madre de un monstruo. Menos mal que lo tratamos a tiempo, antes de que pudiera echar raíces.

Una sonrisa asomó a su rostro, impasible ante la experiencia bizarra y terrorífica.

Leah se volvió hacia Lumian, Ryan y Valentine.

—¿Quieren purificarse con agua bendita? Me preocupa que, sin saberlo, se conviertan en madres.

—¡Sí! —aceptó Lumian de inmediato.

Pero Valentine se acercó primero a Ryan. Colocó su mano sobre la cabeza de este y pronunció la palabra del antiguo hermes:

—¡Sol!

Se formó agua bendita y roció sobre él, pero no ocurrió nada inusual con Ryan.

Valentine se purificó a continuación, y tampoco apareció humo negro.

Luego caminó hacia Lumian y puso su mano sobre la cabeza del cazador.

—¡Sol! —repitió, y cayeron gotas del líquido traslúcido.

Lumian sintió de pronto un dolor agudo en el corazón, como si una serpiente se estuviera abriendo paso dentro. Cada vez que se movía, el corazón de Lumian se aceleraba o se relentizaba, causándole una incomodidad extrema.

Al momento siguiente, Lumian oyó la voz misteriosa que parecía provenir de una distancia infinita pero también sonaba cercana.

No era tan clara como en su sueño, así que eso le impidió entrar en un estado cercano a la muerte.

Justo cuando Lumian no podía soportarlo más, Valentine detuvo la purificación y asintió con frialdad.

—Tampoco tienes nada malo.

Uf… Lumian respiró en un suspiro silencioso, sintiendo como si lo hubieran rescatado del borde de la muerte.

En ese momento, comprendió a grandes rasgos lo que acababa de ocurrir.

Según la misteriosa dama, él estaba severamente corrompido por cierta deidad oculta y maligna. Solo podía mantenerse en estado normal confiando en el oportuno sello de aquella gran existencia.

Someterse a la purificación del agua bendita era como si un demonio abrazara la luz sagrada: estaba destinado a experimentar problemas.

En otras palabras, ¡él era un contaminante de un dios maligno que necesitaba ser purificado!

Menos mal, menos mal. Si Valentine hubiera seguido o hubiera sido un poco más fuerte, habría expuesto mi anormalidad incluso con el sello de aquella gran existencia… No puedo someterme a purificaciones en el futuro. Ni siquiera podré buscar a alguien que me exorcice. Yo soy el mal que necesita ser exorcizado… Lumian se regocijó en silencio y no permitió que el dolor remanente apareciera en su rostro.

Al darse cuenta de que sus compañeros habían sido limpiados y todos los riesgos eliminados, Ryan sugirió con prontitud:

—Si nos dirigimos ahora al borde del pueblo, activaremos el bucle. En caso de que Madame Pualis descubra una pista y nos alcance, podremos intentar huir y reiniciar el ciclo.

Al notar la expresión perpleja de Valentine, Ryan añadió:

—Me preocupa que si morimos una vez durante un ciclo, pueda haber repercusiones una vez que el bucle se levante. Por tanto, es mejor no perecer en este momento.

—Entendido —aceptó Leah antes de que Valentine pudiera intervenir con alguna idea radical.

Al observar que sus dos compañeros habían llegado a la misma conclusión, Valentine se limitó a asentir.

En ese momento, Lumian los miró antes de saludar con la mano y declarar:

—¡Ustedes sigan adelante! ¡Yo me voy a casa!

Ryan frunció el ceño, confundido, y preguntó:

—¿No te preocupa que Madame Pualis pueda venir por ti?

Lumian esbozó una sonrisa y replicó:

—No soy como ustedes. En cuanto entré a la torre, intenté evitar las miradas de los niños monstruo. No me vieron, y la partera que sí me vio la mataron ustedes. Parece que ni siquiera invocar espíritus es efectivo. ¿Cómo iba a sospechar Madame Pualis que un poderoso equipo de infiltración como el suyo tenía a una persona común como yo entre ellos?

Piensen. Antes de su llegada a Cordu, nadie había intentado infiltrar el castillo. En el momento en que ustedes llegan, ocurre algo de inmediato. ¿A quién más se podría sospechar sino a ustedes?

Si huyo con ustedes, me veré arrastrado también.

Ryan, Leah y Valentine se quedaron sin palabras.

Esta era claramente una operación ideada por Lumian. ¿Por qué parecía al final que él no tenía nada que ver con ella?

¿Acaso iban a cargar con toda la culpa ellos?

—¡Adiós! Si Madame Pualis no se atreve a enfrentarse a trascendentes oficiales como ustedes y el bucle no se reinicia, ¡nos vemos mañana en la taberna de siempre! —Lumian agitó la mano y echó a correr hacia el borde del bosque, advirtiéndoles—: ¡Cuídense, repollitos míos!

Una vez salió del bosque, la expresión de Lumian se tornó seria.

La explicación que dio para no escapar con Ryan y los demás no era la única razón. Era más una excusa.

Su objetivo principal era regresar a casa de inmediato y reunirse con Aurore.

En cuanto Aurore invitó a Madame Pualis a un té de la tarde, alguien se infiltró en el castillo, y ellas eran las principales sospechosas.

Lumian debía informar a su hermana que, si Madame Pualis venía a interrogarla y a silenciarla, debía delatar a los tres forasteros y aceptar el encierro que Madame Pualis impusiera. Podría descubrir y ofrecer un secreto valioso para retrasar a Madame Pualis un tiempo, impidiendo que ejecutara a alguien en el acto.

¡Solo estando vivos habría una oportunidad!

¡Incluso en el bucle, Lumian no podía permitirse morir fácilmente por si ocurría algo catastrófico una vez que el ciclo terminara!

Además, una vez que Madame Pualis alcanzara a Leah y los demás, si ella salía victoriosa, uno de los tres activaría el bucle y borraría sus memorias. Si ella perdía, ¿de qué había que preocuparse?

Lumian apretó los dientes y corrió a casa por el camino del pueblo, soportando el dolor en su pantorrilla.

Al ver a Aurore plantada en la puerta, aparentando estar completamente ilesa, respiró aliviado.

—¿Todo bien?

—¿Todo bien?

Los hermanos preguntaron al unísono.

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